miércoles, 29 de abril de 2015

La nave inusual

Era extraño ir a tanta velocidad sin sentir el viento en la cara. No había viento en ninguna parte de todo ese cosmos nuevo y amenazante. Ni siquiera la palabra amenaza tenía peso. Todo era tan leve, sutil y pasajero que supe en el momento que se trataba de un sueño. Intenté soltarme del extraño cilindro al que iba asida y casi me caigo. Volví a abrazarlo con más cercanía y sentí la savia dentro, corriendo hacia algún lugar, iba y venía con el mismo ritmo que mi sangre. No podía sentir mi propio corazón, pero sentía latir esa especie de tallo, porque más adelante, tapándome los resplandores, iba una margarita solar buscando su destino, indiferente al microbio interestelar que llevaba adherido al final de sí.

El jardín del hombre elefante

Los perros feroces me obligaron a entrar. Subí la tapia, el suelo quedaba demasiado lejos. Fractura o mordedura? No dolió tanto, el suelo estaba mullido de hojas. Un jardín abandonado? Había especies realmente asombrosas por su belleza y color. cómo resistirse a olerlas y tocarlas, con cuidado. Podrían ser venenosas, carnívoras o excesivamente sensibles...Los perros ya eran pasado, sus ladridos no llegaban. Me detuve en cada una, les hablé. Les iba contando mis penas, mis problemas, mis emociones, mis deseos, a cada una me daban ganas de contarles algo diferente. No era raro. Hasta que a una me dio por contarle que no era feliz del todo porque no tenía alguien que me amara. Si, mucha gente dice amarme, pero...Ya sabes, le decía, mientras me sentaba a su lado dispuesta a un largo monólogo.
Él apareció de entre la jungla exhausta, resopló y me dijo.
-Será que no te amas a ti misma demasiado?
Me asusté. Su presencia era imponente, absurda, inquietante, un elefante y un hombre juntos dentro de un traje. Me ayudó a levantarme del suelo y me condujo hasta una elegante pérgola donde me sirvió una exquisita taza de te. Me miré largamente hasta que sentí que podía navegar dentro de sus ojos y lloré.