Los perros feroces me obligaron a entrar. Subí la tapia, el suelo quedaba demasiado lejos. Fractura o mordedura? No dolió tanto, el suelo estaba mullido de hojas. Un jardín abandonado? Había especies realmente asombrosas por su belleza y color. cómo resistirse a olerlas y tocarlas, con cuidado. Podrían ser venenosas, carnívoras o excesivamente sensibles...Los perros ya eran pasado, sus ladridos no llegaban. Me detuve en cada una, les hablé. Les iba contando mis penas, mis problemas, mis emociones, mis deseos, a cada una me daban ganas de contarles algo diferente. No era raro. Hasta que a una me dio por contarle que no era feliz del todo porque no tenía alguien que me amara. Si, mucha gente dice amarme, pero...Ya sabes, le decía, mientras me sentaba a su lado dispuesta a un largo monólogo.
Él apareció de entre la jungla exhausta, resopló y me dijo.
-Será que no te amas a ti misma demasiado?
Me asusté. Su presencia era imponente, absurda, inquietante, un elefante y un hombre juntos dentro de un traje. Me ayudó a levantarme del suelo y me condujo hasta una elegante pérgola donde me sirvió una exquisita taza de te. Me miré largamente hasta que sentí que podía navegar dentro de sus ojos y lloré.
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