La sirena nadó hacia la roca. El aire estaba tibio. Se sentó y cerró los ojos. El sol la secaba rápidamente, cuando ya no quedaba humedad en la superficie de su cuerpo se hundió de nuevo. Ya se había alimentado.
Siguió un rayo de sol hasta que se fue desvaneciendo en la creciente penumbra del abismo. Y siguió hasta encontrar la nueva luz. Allí se detuvo un instante, observó a su alrededor, necesitaba estar segura de estar sola. Tranquila, descendió en tirabuzón a una velocidad increíble produciendo una luz verde azulada que impregnaba el agua hasta casi el fondo. Llegó, se revolcó en la materia suelta. Y nadó unos metros hasta la entrada de una cueva de coral. Miró hacia atrás y entró.
El ambiente seguía iluminado. Como si las partículas de luz fuesen sólidos en suspensión en el profundo océano.
El silencio se duplicó. Ningún ser vivo. Solo la luz, el peso del agua sobre el agua. Y el vacío.
Entonces la música creció en los oídos. Se combinó con la luz y subió. Ya cerca de la superficie se unió a un rayo de sol y emergió a la superficie. Un aire cristalino captó el sonido.
Y la vida cundió.
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